El juego de las sensaciones elementales


Seguramente fueron los días en que miraba con buenos ojos al amor de mi vida y a pesar de ello, por alguna razón acudí a una plaza para hablar con otra persona mis intenciones de gastarme.

Ahí en el parque hundido iniciamos la plática y ella nunca levanto el rostro hasta que acerque el mío para besarla, sentí en los labios un cosquilleo con el acercamiento de sus labios que tenían un ligero vello, nunca como el de aquella mujer de la escuela de filosofía que observamos hace ya varios años mi amigo Adrián y yo en las recordadas funciones de cine, ella con su bigote al modo de Emiliano Zapata y su rostro hermoso; al fin entonces, pude besar a la mujer con mostacho.

Cada loco con su tema y cuando acudí con Hugo a realizar el inventario de la vegetación de esa sierra en Hidalgo, Nuevo León, supe de los caminos y veredas que conducían a esas alturas y que permitían observar el Valle de las Salinas como un grande manto verde que desde ahí no se distinguía fragmentado por la carretera a Monclova; entonces, con los recuerdos previos de esas excursiones, la elección para el foreplay al aire libre fue el bosque de anacahuitas en floración blanca.

No recuerdo un momento con tanta excitación como ese, y fue roto por la llegada de un volkswagen con dos policías quienes me dijeron:

– ya te habíamos visto, te andábamos buscando.

Es mi amiga, ella dijo soy su secretaria (en el camino de vuelta, eso de la secretaria me provoco risa, nunca sería alguien con personas a mi servicio y menos una secretaria). En los límites de Abasolo y El Carmen vi un motel de paso y ahí comprendí la función de estos recintos, entre esas evitar interrupciones y ayuntarse con toda la calma o según lo requiriese la ocasión. Reconozco mi ignorancia para algunas cosas comunes de la vida que han sido para mi ajenas como la función de esos moteles, o los brackets en la dentadura de las mujeres, de los que pensaba eran para embellecer las sonrisas de las afortunadas poseedores de esa metalambre.

En citas posteriores en el quiosco de la plaza, con el ánimo de consolidar lo que aquellos policías interrumpieron en la observancia de la ley y búsqueda de un soborno me dejaron esperando hasta que la ansiedad se agotaba y regresaba frustrado a la casa en Nuevo León.

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~ por Antonio Hernández en 27 agosto, 2007.

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